sábado, 20 de septiembre de 2008

CARTA DE UNA MAESTRA


Carta de una maestra

Empecé a dar clase a los 18 años. En tres meses cumpliré 56. He dedicado la mayor y mejor parte de mi vida a la enseñanza, una hermosa labor, casi siempre gratificante, alguna vez ingrata. Una vida rodeada de niños y niñas a los que he enseñado a leer, a escribir, a sumar, a recorrer con los dedos de la mente y el corazón las líneas del aprendizaje. Esos antiguos alumnos ocupan ahora una gran parte de la memoria de mi móvil, y me sorprenden enviándome fotos de sus hijas o de sus viajes, mensajes de Navidad o invitaciones a fiestas, excursiones, bodas, bautizos y funerales. Con todos esos niños y niñas que ahora, en esta madrugada recuerdo, he viajado a Mallorca, Toledo, La Mancha, Asturias, Gran Canaria, La Gomera... He compartido con ellos playa y monte, cabañas y tiendas de campaña, apartamentos y barrancos. ¿Cómo ahora cobrar 17 euros por cuidarlos una hora antes de clase?

Los he llevado a cines, teatros, auditorios, plazas y colegios. He organizado para ellos conciertos, obras de teatro, exposiciones, concursos. Hemos visitado lugares históricos, museos y casas particulares donde un anciano hacía cestos, mientras nos contaba su infancia, o una abuela recitaba un antiguo romance. Han conocido las plantas y los animales de su entorno, las fuentes y los hornos, las eras y las montañas. ¿Cómo ahora recibirlos por 17 euros a la puerta de la escuela para luego enseñarles a amar los libros?

He montado durante todo el mes de agosto de 1989 una biblioteca y un museo escolar en un colegio del Sur, libro a libro, pieza a pieza. He comido en sus casas, también a la sombra de los pinos, con sus familias. Con todos esos niños y niñas plantamos árboles, hicimos periódicos, pintamos murales, cuidamos animalillos, estudiamos los cardones y las tabaibas. Para conseguir 25 (¡25!) magníficos libros para la biblioteca, tuve la ingenuidad, en esos tiempos pretéritos, de colocar una cantidad a plazo fijo para obtener títulos tan sugerentes como Sujo y el caballo blanco o Los cisnes salvajes, con la satisfacción de poder contárselos más tarde. ¿Cómo cobrar ahora 17 euros por darles clases particulares en horas de tarde?

Con 19 años regalé una parte del verano de 1972 a enseñar a varios niños que había conocido en una escuela pública, sin pesetas ni euros por medio. Con ellos descubrí trocitos de cerámica guanche y algún hueso emocionante, entre sumas, restas, Platero y yo, Freinet y Neill. Miles de horas en mi vida dadas con ilusión y generosidad, creyendo en el valor intangible de la transmisión del conocimiento y el saber. Miles de horas de tardes, sábados y domingos, comprando libros, libretas, rotuladores de colores, regalos, sorpresas. Cuidando su sueño, caminando por veredas o regando los árboles que habíamos plantado. Disfrutando de las olas, paseando por la ruta de Don Quijote, montando el Día del Libro. ¿Cómo cobrar ahora 17 euros para que dominen las divisiones?

En abril de 1986, cuando las sustituciones eran casi impensables, pagué a un joven maestro para poder asistir a un curso del Ministerio sobre Fomento de Lectura y así poder obtener 600 libros para la escuela. Libros todos magníficos con los que mis niños se deleitaron. ¿Cómo cobrar ahora 17 euros para enseñarles a amar la lectura?

He dado horas para escuelas de madres, merendando con ellas, jugando, hablando, oyendo sus quejas y sus alegrías. Horas y horas de toda una vida entregadas con una dedicación inmensa corrigiendo, planificando, discutiendo. Asistiendo a cursos de Plástica, Matemáticas, Lengua, Inglés, Nuevas Tecnologías, Astronomía, grupos de trabajo, seminarios, congresos, intercambios con otros centros, proyectos europeos, La escuela navega, escuelas viajeras... ¿Cuántos niños y niñas he acunado en sus momentos tristes, para ahora cobrar 17 euros cuando lleguen semidormidos una hora o dos antes de la clase?

He sido directora seis años en un centro y trece en otro, luchando por conseguir mejoras para la escuela, atendiendo al alumnado, conciliando la vida escolar, programando nuevos proyectos, dando horas extras en una cantidad que se podrían aproximar a las diez mil, en aras de la enseñanza y de su relevancia en la vida de un pueblo, con la satisfacción de que estás contribuyendo a un futuro mejor, más solidario, más libre, más creativo, más equilibrado. ¿Cómo apuntarme ahora para ganar 17 euros la hora, dando lo que ya di desinteresadamente?

He cargado mesas, estantes, sillas y pizarras. He regado jardines y huertos, he ganado premios para mi colegio, he barrido y fregado, he curado niños, los he cuidado mientras llegaban sus padres, los he visitado cuando estaban enfermos, los he consolado cuando estaban acongojados. ¿Cómo cobrar ahora 17 euros por recogerlos porque sus padres van al trabajo?

En la madrugada en la que escribo, la vida en la ciudad comienza. Tal vez el taxista que ha parado es uno de mis alumnos, una enfermera que ahora está de guardia aprendió las primeras letras conmigo y la profe de Literatura que se despierta con un poema en los labios aprendió a amar los libros en nuestra escuela. En la escuela que queremos, en la escuela en que creemos. No en la escuela que nos quieren imponer, sin criterios pedagógicos, sin ideas, sin inversiones, sin ayudas, sin la creencia vital y determinante de que quien no valora a sus enseñantes, flaca prestancia hace a la sociedad en que vive. ¿Cómo cobrar 17 euros creyendo en ese maravilloso proverbio africano: "Para educar a un niño hace falta un pueblo entero"?

María Virginia González Dorta
Maestra de Primaria

1 comentario:

Mary dijo...

Gracias Virginia...me parece una carta maravillosa, repleta de vivencias que no tienen precio...
¡¡¡ eres una gran maestra!!!