martes, 2 de diciembre de 2008

UN BONITO CUENTO PARA REFLEXIONAR..."FELIZ DÍA DEL MAESTRO Y DE LA MAESTRA"


UNA FLOR ROJA CON EL TALLO VERDE...

Este sencillo e interesante relato es de una profesora argentina llamada Helen E. Buckley. Espero que les llene de interrogantes como me sucedió a mí.

Una vez un niño fue a la escuela. El niño era muy pequeño y la escuela muy grande. Cuando el niño descubrió que podía ir a su aula con sólo andar en línea recta, se sintió feliz. Y ya no siguió pareciéndole que la escuela fuera tan grande.
Una mañana, cuando el niño ya llevaba un rato en la escuela, la maestra dijo:
- Hoy vamos a hacer un dibujo.
- Muy bien, pensó el niño. Porque a él le gustaba dibujar. Podía pintar leones y tigres, gallinas y vacas, trenes y barcos… Y sacó sus lápices de colores y se puso a dibujar. Pero la maestra dijo:
- Esperad. Aún no es el momento de empezar.
Y esperó a que todos estuvieran dispuestos.
- Ahora, dijo la maestra. Vamos a dibujar flores.
- Qué bien, pensó el niño Porque a él le gustaba pintar flores. Y empezó a dibujar bonitas flores, con sus lápices rosados, amarillos, azules y verdes. Pero la maestra dijo:
- Esperad, que yo os mostraré cómo se hacen.
- Así, dijo la maestra.
Y dibujó sobre la pizarra una flor roja con el tallo verde.
- Ya, dijo la maestra. Ahora ya podéis empezar.
El niño miró la flor de la maestra y después miró la suya. A él le gustaban más su flor que la de la maestra, pero no lo dijo. Y se limitó a dar la vuelta a la hora para hacer una flor como la de la maestra: era roja con tallo verde.
Otro día, cuando el niño había abierto él solo la puerta de entrada, la maestra dijo:
- Hoy vamos a trabajar con plastilina.
- Bien, pensó el niño. Porque a él le encantaba la plastilina. Podía hacer con ella toda clase de objetos: serpientes y muñecos, elefantes y ratones, coches y trenes… Y empezó a amasar un puñado de plastilina. Pero la maestra dijo:
- Esperad, no es hora de comenzar.
Y él esperó hasta que todos estuvieron dispuestos.
- Ahora, dijo la maestra. Vamos a hacer una víbora.
- Qué bien, pensó el niño. Porque a él le gustaba hacer víboras. Y empezó a hacerlas de distintos colores y tamaños. Pero la maestra dijo:
- Esperad a que yo os enseñe.
Y entonces les enseñó a hacer una viborita larga.
- Ahora, les dijo, ya podéis empezar.
El niño miró la viborita que había hecho la maestra y después la suya. Las suya le gustaba más que la de la maestra, pero no reveló nada de eso. Y se limitó a amasar la bola de plastilina y a hacer una viborita como la de la maestra.
Así, poco a poco el niño aprendió a esperar y a observar y a hacer las cosas igual que la maestra. Y muy pronto dejó de hacer las cosas por sí mismo.
Entonces sucedió que el niño y su familia se mudaron a otra casa en otra ciudad y el niño tuvo que ir a otra escuela. Una escuela aún más grande que la anterior. Tenía que subir unos grandes escalones y caminar por un pasillo largo para llegar a su aula. Y el primer día de clase, la maestra, dijo:
- Hoy vamos a hacer un dibujo.
- Bien, pensó el niño. Y se quedó esperando a que ella le dijera lo que tenía que hacer. Pero la maestra no dijo nada. Se paseaba entre los niños y las niñas por el aula. Cuando llegó junto al niño le preguntó si no quería dibujar.
- Sí, dijo él. Pero, ¿qué vamos a hacer?
- Yo no sé hasta que tú lo hagas, dijo la maestra.
- Pero, ¿cómo tengo que hacerlo?
- Como a ti te guste, dijo la maestra.
- ¿Y de qué color?, preguntó el niño.
- De los que tú quieras. Si todos hicieseis el mismo dibujo y usaseis los mismos colores, ¿cómo iba a saber yo cuál era de cada uno?
- Yo no sé, dijo el niño. Y comenzó a hacer una flor roja con el tallo verde.

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